Oraciones

¡Oh! Mi amado y buen Jesús, postrado en vuestra santísima presencia; os ruego con el mayor fervor imprimáis en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados y propósito firmísimo de enmendarme; mientras que yo, con todo el amor y con toda la compasión de que soy capaz, voy considerando vuestras cinco llagas, teniendo presente aquello que dijo de Vos, Oh buen Jesús, el Santo Profeta David: Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos.
Que la lengua humana cante este misterio: la Preciosa Sangre y el Precioso Cuerpo. Quien nació de Virgen, Rey del Universo, por salvar al mundo dio su Sangre en precio. Se entregó a nosotros, se nos dio naciendo de una casta Virgen; y, acabado el tiempo, tras haber sembrado la Palabra al pueblo, coronó su obra con prodigio excelso. Adorad postrados este Sacramento, cesa el viejo rito, se establece el nuevo; dudan los sentidos y el entendimiento; que la fe los supla con asentimiento. Himnos de alabanza, bendición y obsequio; por igual la gloria y el poder y el reino al eterno Padre con el Hijo eterno, y al divino Espíritu que procede de ellos. Amén.
Señor mío y Dios mío, te doy gracias por haberme creado, hecho cristiano y conservado la vida. Te ofrezco mis pensamientos, palabras y obras de este día. No permitas que te ofenda y dame fuerza para huir de las ocasiones de pecar. Amén.

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado.

Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Tu presencia soberana.

Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escúchalas propicia y dígnate acogedlas benigna mente. Amén.

Hermano, te invito a que te pongas en la presencia de Dios, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Para introducirnos en su misterio, es necesario prepararnos; hagámoslo reconociéndonos necesitados de su amor y de su perdón, digamos juntos: "Pésame Dios mío, me arrepiento de haberte ofendido, sobre todo porque al ofenderte, ofendí a un Dios tan bueno, y que tanto me ama. Por eso propongo firmemente no pecar más y, ayudado por la gracia, evitar las ocasiones próximas de pecado". Que el Señor Todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. Amén. Señor, abre mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Gloria al Padre, al Hijo y al Espiritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria.

Amén.

La forma de uso, es persignarse con agua bendita.

Otra es aspergerla (salpicarla) sobre sí mismo o sobre otras personas, lugares u objetos.

El agua bendita produce tres efectos:

“Atrae la gracia divina, purifica el alma y aleja al demonio.

La Iglesia ha orado sobre esa agua con el poder de la Cruz de Cristo. El poder sacerdotal ha dejado una influencia sobre esa agua. Al mismo tiempo purifica parte de nuestros pecados, tanto los veniales como el reato que quede en nuestra alma.

Aleja al demonio. El demonio puede entrar perfectamente en una iglesia, sus muros no le contienen, el suelo sagrado no le refrena. Sin embargo el agua bendita, sí que le aleja.”

Oh, Señor, mi dulce amigo cuatro cosas hoy te pido con mucha necesidad. Paciencia para sufrir, fuerza para trabajar valor para resistir las penas que han de venir y me han de mortificar. Temperamento sereno para poder resolver las cosas con santa calma. Y así tener en el alma perfecta tranquilidad. Eso tengo que pedirte oh, mi Jesús adorado en este día consagrado para adorarte y servirte por siempre. Amén.
Luz alegrante, claridad pura del sempiterno Padre celestial, Jesucristo, santo y bendito: Ahora que hemos llegado al ocaso del sol, y nuestros ojos miran la luz vespertina, te alabamos con himnos, oh Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Digno eres de ser alabado en todos los tiempos con voces gozosas, oh Hijo de Dios, Dador de la vida; por tanto te glorifica el universo entero.
Alfarero del hombre, mano trabajadora que, de los hondos limos iniciales, convocas a los pájaros a la primera aurora, al pasto los primeros animales. De mañana te busco, hecho de luz concreta, de espacio puro y tierra amanecida. De mañana te encuentro, vigor, origen, meta de los profundos ríos de la vida. El árbol toma cuerpo, y el agua melodía; tus manos son reciente en la rosa; se espesa la abundancia del mundo a mediodía, y estás de corazón en cada cosa. No hay brisa si no alientas, monte si no estás dentro, ni soledad en que no te hagas fuerte. Todo es presencia y gracia; vivir es este encuentro: tú, por la luz; el hombre, por la muerte. ¡Que se acabe el pecado! ¡Mira que es desdecirte dejar tanta hermosura en tanta guerra! Que el hombre no te obligue, Señor a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra. Amén.
Alfarero del hombre, mano trabajadora que, de los hondos limos iniciales, convocas a los pájaros a la primera aurora, al pasto los primeros animales. De mañana te busco, hecho de luz concreta, de espacio puro y tierra amanecida. De mañana te encuentro, vigor, origen, meta de los profundos ríos de la vida. El árbol toma cuerpo, y el agua melodía; tus manos son reciente en la rosa; se espesa la abundancia del mundo a mediodía, y estás de corazón en cada cosa. No hay brisa si no alientas, monte si no estás dentro, ni soledad en que no te hagas fuerte. Todo es presencia y gracia; vivir es este encuentro: tú, por la luz; el hombre, por la muerte. ¡Que se acabe el pecado! ¡Mira que es desdecirte dejar tanta hermosura en tanta guerra! Que el hombre no te obligue, Señor a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra. Amén.
V. El ángel del Señor anunció a María, 
R. y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo 
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 

V. He aquí la esclava del Señor. 
R. Hágase en mi según tu palabra 
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 

V. Y el Verbo de Dios se hizo carne. 
R. Y habitó entre nosotros 
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 

V. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios. 
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo. 

Oremos: Te suplicamos, Señor, que derrames tu gracia en nuestras almas, para que los que hemos conocido, por el anuncio del ángel, la Encarnación de tu Hijo Nuestro Señor Jesucristo, seamos llevados por los méritos de su Pasión y Cruz a la Gloria de su Resurrección. 
Por Jesucristo Nuestro Señor. 
Amén.
(Se rezan diez Ave María a partir del primer Mistero, correspondientes a cada Misterio del Santo Rosario) Dios te salve María llena eres de gracia el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todos los peligros, Oh, Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de nuestros enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
Cántico de Apocalipsis ( 11, 17-18; 12, 10b-12a) Gracias te damos, Señor Dios omnipotente, el que eres y el que eras, porque has asumido el gran poder y comenzaste a reinar. Se encolerizaron las naciones, llegó tu cólera, y el tiempo de que sean juzgados los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, y a los santos y a los que temen tu nombre, y a los pequeños y a los grandes, y de arruinar a los que arruinaron la tierra. Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo; porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche. Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte. Por esto, estad alegres, cielos, y los que moráis en sus tiendas.
Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito tu nombre, santo y glorioso; a él gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres en el templo de tu santa gloria: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres sobre el trono de tu reino: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres en la bóveda del cielo: a ti honor y alabanza por los siglos. Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.
Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros una agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaré en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.
Altísimo y omnipotente buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición. A ti solo, Altísimo, te convienen y ningún hombre es digno de nombrarte. Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, especialmente en el Señor hermano sol, por quien nos das el día y nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación. Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas. Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, por todos ellos a tus criaturas das sustento. Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche, y es bello y alegre y vigoroso y fuerte. Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas. Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación; bienaventurados los que las sufran en paz, porque de ti, Altísimo, coronados serán. Alabado, seas mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. Ay de aquellos que mueran en pecado mortal. Bienaventurados a los que encontrará en su santísima voluntad porque la muerte segunda no les hará mal. Alaban y bendigan a mi Señor, denle gracias y sírvanle con gran humildad. Amén.
Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballo y carros ha arrojado en el mar. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Él es mi Dios: yo lo alabaré; el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré. El Señor es un guerrero, su nombre es «Yavéh». Los carros del Faraón los lanzó al mar, ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes. Al soplo de tu ira se amontonaron las aguas, las corrientes se alzaron como un dique, las olas se cuajaron en el mar. Decía el enemigo: «Los perseguiré y alcanzaré, repartiré el botín, se saciará mi codicia, empuñaré la espada, los agarrará mi mano». Pero sopló tu aliento y los cubrió el mar, se hundieron como plomo en las aguas formidables. ¿Quién como tú, Señor, entre los dioses? ¿Quién como tú, terrible entre los santos, temible por tus proezas, autor de maravillas? Extendiste tu diestra: se los tragó la tierra; guiaste con misericordia a tu pueblo rescatado, los llevaste con tu poder hasta tu santa morada. Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad, lugar del que hiciste tu trono, Señor; santuario, Señor, que fundaron tus manos. El Señor reina por siempre jamás.
Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando le insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado.
Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente, justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos! ¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, porque tus juicios se hicieron manifiestos.
Como el niño que no sabe dormirse sin cogerse a la mano de su madre, así mi corazón viene a ponerse sobre tus manos, al caer la tarde. Como el niño que sabe que alguien vela su sueño de inocencia y esperanza, así descansará mi alma segura sabiendo que eres tú quien nos aguarda. Tú endulzarás mi última amargura, tú aliviarás el último cansancio, tú cuidarás los sueños de la noche, tú borrarás las huellas de mi llanto. Tú nos darás mañana nuevamente la antorcha de la luz y la alegría, y, por las horas que te traigo muertas, tú me darás una mañana viva. Amén.
Creo, Dios mío, que estás presente en el Santísimo Sacramento del altar, te amor, te adoro y deseo recibirte; más, no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven por lo menos espiritualmente a mi corazón. Y como ya te he recibido, no permitas que jamás me separe de Ti. Amén.
Virgen de Fátima, Madre de Misericordia, Reina del Cielo y de la Tierra, Refugio de los pecadores, nosotros tus hijos los sacerdotes, hoy nos consagramos de un modo especialísimo a tu Corazón Inmaculado. Con este acto de consagración entendemos vivir Contigo y por medio de Ti todos los compromisos contraídos con nuestra consagración bautismal y sacerdotal; nos comprometemos también a obrar en nosotros aquella conversión interior que nos libere de todo apego humano a nosotros mismos, a la honra, a las comodidades, a los fáciles compromisos con el mundo, para estar, como Tú, sólo disponibles para hacer la Voluntad del Señor. Y mientras entendemos confiarte a Ti, Madre Dulcísima y Misericordiosa, nuestro Sacerdocio, para que Tú dispongas de él para todos tus designios de salvación en esta hora decisiva que pesa sobre el mundo, nos comprometemos a vivir según tus deseos; en particular, por lo que se refiere a un renovado espíritu de oración y de penitencia, a la celebración fervorosa de la Sagrada Eucaristía y de la Liturgia de las Horas, la recitación diaria del Santo Rosario, el ofrecimiento a Ti de la Santa Misa el primer Sábado de cada mes, y un religioso y austero modo de vida, que sea buen ejemplo para todos. Te prometemos, además, la máxima fidelidad al Evangelio, del cual seremos siempre anunciadores íntegros y valientes, si fuese necesario hasta el derramamiento de nuestra sangre y fidelidad a la Iglesia, para cuyo servicio hemos sido consagrados. Sobre todo queremos estar unidos al Santo Padre y a la Jerarquía con la firme adhesión a todas sus directivas, para oponer así una barrera al proceso de oposición al Magisterio que amenaza los fundamentos mismos de la Iglesia. Bajo tu maternal protección queremos ser también los apóstoles de esta, hoy tan necesaria, unidad de oración y de amor con el Papa, para quien te suplicamos una especial protección. En fin, te prometemos conducir a los fieles confiados a nuestro ministerio, a una renovada devoción hacia Ti. Sabiendo que el ateísmo ha hecho naufragar en la fe a un gran número de fieles, que la desacralización ha entrado en el Templo Santo de Dios, sin exceptuar ni siquiera a muchos hermanos nuestros sacerdotes, que el mal y el pecado cada vez más invaden el mundo, nos atrevemos a levantar, confiados, los ojos a Ti, Madre de Jesús y Madre nuestra misericordiosa y poderosa, para invocarte también hoy y esperar de Ti la salvación para todos tus hijos, ¡Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!
Cuando la luz del sol es ya poniente, gracias, Señor, es nuestra melodía; recibe, como ofrenda, amablemente, nuestro dolor, trabajo y alegría. Si poco fue el amor en nuestro empeño de darle vida al día que fenece, convierta en realidad lo que fue un sueño tu gran amor que todo lo engrandece. Tu cruz, Señor, redime nuestra suerte de pecadora en justa e ilumina la senda de la vida y de la muerte del hombre que en la fe lucha y camina. Jesús, Hijo del Padre, cuando avanza la noche oscura sobre nuestro día, concédenos la paz y la esperanza de esperar cada noche tu gran día. Amén.
Cuando llegó el instante de tu muerte inclinaste la frente hacia la tierra, como todos los mortales; mas no eras tú el hombre derribado, sino el Hijo que muerto nos contempla. Cuando me llegue el tránsito esperado y siga sin retorno por mi senda, como todos los mortales, el sueño de tu rostro será lumbre y tu gloria mi gloria venidera. El silencio sagrado de la noche tu paz y tu venida nos recuerdan, Cristo, luz de los mortales; acepta nuestro sueño necesario como secreto amor que a ti se llega. Amén.
¡Cuántas veces, Señor me habéis llamado, y cuántas con vergüenza he respondido, desnudo como Adán, aunque vestido de las hojas del árbol del pecado! Seguí mil veces vuestro pie sagrado, fácil de asir, en una cruz asido, y atrás volví otras tantas atrevido, al mismo precio que me habéis comprado. Besos de paz os di para ofenderos, pero si fugitivos de su dueño yerran cuando los hallan los esclavos, hoy que vuelvo con lágrimas a veros, clavadme vos a vos a vuestro leño y tendréisme seguro con tres clavos. Amén
De luz nueva se viste la tierra, porque el Sol que del cielo ha venido, en la entraña feliz de la Virgen, de su carne se ha revestido. El amor hizo nuevas todas las cosas, el Espíritu ha descendido y la sombra del que todo puede en la Virgen su luz ha encendido. Ya la tierra reclama su fruto y de bodas se anuncia alegría; el Señor que en los cielos habita se hizo carne en la Virgen María. Gloria a Dios, el Señor poderoso, a su Hijo y Espíritu Santo, que amoroso nos ha bendecido y a su reino nos ha destinado. Amén.
Dulce madre, no te alejes, tu vista de mí no apartes. Ven conmigo a todas partes y nunca solo me dejes. Ya que me proteges tanto como verdadera madre, haz que me bendigan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.
En tus manos, Señor, pongo mi vida con todas sus angustias y dolores; que en ti florezcan frescos mis amores y que halle apoyo en ti mi fe caída. Quiero ser como cera derretida que modelen tus dedos creadores; y morar para siempre sin temores de tu costado en la sangrienta herida. Vivir tu muerte y tus dolores grandes, disfrutar tus delicias verdaderas y seguir el camino por donde andes. Dame, Señor, huir de mis quimeras, dame, Señor, que quiera lo que mandes para poder querer lo que tú quieras. Amén.
Estáte, Señor, conmigo siempre, sin jamás partirte, y cuando decidas irte, llévame, Señor, contigo; porque el pensar que te irás me causa un terrible miedo de si yo sin ti me quedo, de si tú sin mí te vas. Llévame, en tu compañía, donde tú vayas Jesús, porque bien sé que eres tú la vida del alma mía; si tú vida no me das, yo sé que vivir no puedo, ni si yo sin ti me quedo, ni si tú sin mí te vas. Por eso, más que a la muerte temo, Señor, tu partida, y quiero perder la vida mil veces más que perderte; pues la inmortal que tú das, sé que alcanzarla no puedo, cuando yo sin ti me quedo, cuando tú sin mí te vas. Amén.

Examen de conciencia para Adultos:

¿He rechazado o abandonado mi fe? ¿Me he preocupado por conocerla mejor? ¿La he defendido, o me he avergonzado de ella? ¿Hay algún aspecto de la fe que no acepto?

¿He tomado el nombre de Dios en vano? ¿He hecho espiritismo o he confiado en adivinos u horóscopos? ¿He mostrado falta de respeto por las personas, lugares o cosas santas?

¿He faltado voluntariamente a Misa los domingos o días de precepto?

¿He recibido al Señor en la Sagrada Comunión teniendo algún pecado grave en mi conciencia?

¿Le he recibido sin agradecimiento o sin la debida reverencia?

¿He sido impaciente, he tenido celos o me he enfadado?

¿He albergado rencores o he estado poco dispuesto a perdonar?

¿He sido violento con otras personas verbal o físicamente?

¿He cooperado o alentado a alguien a abortar, destruir embriones, a la eutanasia o a otro medio para acabar con la vida humana?

¿He tenido odio o he hecho juicios críticos de pensamiento o de obra? ¿He menospreciado a otros?

¿He hablado mal de otros?

¿He tomado alcohol en exceso? ¿He consumido drogas?

¿He mirado vídeos o páginas web pornográficas? ¿He cometido actos impuros conmigo mismo o con otras personas? ¿Vivo con alguien como si estuviéramos casados sin estarlo?

Si estoy casado, ¿procuro amar a mi cónyuge por encima de cualquier otra persona? ¿Pongo mi matrimonio en primer lugar? ¿Y mis hijos? ¿Tengo una actitud abierta a nuevas vidas?

¿Permito que mi trabajo ocupe tiempo y energías que corresponden a mi familia o amigos?

¿He sido soberbio o egoísta de pensamiento o de obra? ¿He desatendido a los pobres o a los necesitados?¿He gastado dinero para mi comodidad o lujo personal olvidando mis responsabilidades hacia otros y hacia la Iglesia?

¿He dicho mentiras? ¿He sido honesto y diligente en mi trabajo? ¿He robado o engañado a alguien en el trabajo?

¿Me he dejado llevar por la pereza? ¿He preferido mi comodidad personal al servicio a los demás? ¿He desatendido mi responsabilidad de acercar a los demás a Dios con mi ejemplo y mi palabra?


Examen de conciencia para Jóvenes:

¿He rechazado o abandonado mi fe? ¿Me he preocupado por conocerla mejor? ¿La he defendido, o me he avergonzado de ella?

¿He tomado el nombre de Dios en vano? ¿He hecho espiritismo o he confiado en adivinos u horóscopos? ¿He mostrado falta de respeto por las personas, lugares o cosas santas?

¿He faltado voluntariamente a la Santa Misa los domingos o días de precepto? ¿Me he olvidado de Dios abandonando mis oraciones?

¿He recibido al Señor en la Sagrada Comunión teniendo algún pecado grave en mi conciencia? ¿Le he recibido sin agradecimiento o sin la debida reverencia?

¿He ayudado poco en casa? ¿He tratado con poco cariño a mis padres?

¿He sido impaciente, envidioso? ¿Me he enfadado? ¿He fomentado el resentimiento o no he estado dispuesto a perdonar? ¿He odiado a alguien o le he juzgado mal?

¿He descuidado mis deberes de estudiante? ¿He sido perezoso? ¿He tratado con falta de respeto a mis profesores o a otras personas mayores?

¿Me he peleado? ¿He hecho daño a alguien con insultos o hablando mal de ellos? ¿He revelado algún secreto o he dicho cosas solo para dañar a otros?

¿He dicho o he pensado cosas impuras? ¿Las he hecho conmigo mismo o con otros? ¿He mirado imágenes o películas pornográficas?

¿He dicho mentiras para justificarme, dañar a otros o por darme más importancia?

¿He robado algo? ¿He estropeado algo a propósito?

¿He tenido envidia de otros por lo que tienen o por el buen resultado de su trabajo? ¿Pongo mi corazón en tener cosas?

¿He ayudado o fomentado que otros hagan el mal?

¿He tomado alcohol en exceso? ¿He consumido drogas?

¿He sido egoísta de pensamiento o de obra?

¿He preferido mi comodidad al servicio a los demás? ¿He desatendido mi responsabilidad de acercar a los demás a Dios con mi ejemplo y mi palabra?


Examen de conciencia para Niños:

¿He rezado mis oraciones?

¿He ido a Misa los Domingos?

¿He tomado el nombre de Dios en vano?

¿Me he distraído voluntariamente en Misa o en la Iglesia?

¿He ayudado en casa?

¿He sido egoísta o he tratado a mis padres y hermanos con poco cariño?

¿He obedecido a mis padres y profesores?

¿He compartido mis juguetes con los demás?

¿He sido impaciente? ¿Me he enfadado?

¿He sido caprichoso o pesado para que las cosas se hicieran como yo quiero?

¿Pierdo el tiempo en clase?

¿He hecho mis deberes lo mejor que puedo? ¿He copiado en los exámenes?

¿Me he peleado?

¿He hecho daño a alguna persona hablando mal de ella?

¿He dicho mentiras?

¿He robado algo? ¿He estropeado alguna cosa que no era mía a propósito?

¿He dado buen ejemplo?

¿He animado a otros a que hicieran cosas malas?

¿He sido egoísta de pensamiento o de obra?

¿He tenido celos de otros?

¿He excluido a alguien de mis juegos?

¿He rezado por los demás y les he ayudado para que estén más cerca de Dios?

Fundamento de todo lo que existe, de tu pueblo elegido eterna roca, de los tiempos Señor, que prometiste dar tu vigor al que con fe te invoca. Mira al hombre que es fiel y no te olvida, tu Espíritu, tu paz háganlo fuerte para amarte y servirte en esta vida y gozarte después de santa muerte. Jesús, Hijo del Padre, ven aprisa en este atardecer que se avecina, serena claridad y dulce brisa será tu amor que todo lo domina. Amén.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Himno a Cristo (Col 1, 12-20) Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura; pues por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas: haciendo la paz por la sangre de su cruz con todos los seres, así del cielo como de la tierra.
Misterios de la Fe Estrofa 13. María, Virgen divinamente fecunda Lector 1: Renovó el Excelso de este mundo las leyes cuando vino a habitar en la tierra. Germinando en su seno incorrupto lo conserva intacto cual era. Asombrados por este prodigio, a la Santa cantamos: Solo 1: Salve, azucena de intacta belleza; Salve, corona de noble firmeza. Salve, la suerte futura revelas; Salve, la angélica vida desvelas. Solo 2: Salve, frutal exquisito que nutre a los fieles; Salve, ramaje frondoso que a todos cobija. Salve, llevaste en el seno quien guía al errante; Salve, al mundo entregaste quien libra al esclavo. Coro: Salve, plegaria ante el Juez verdadero; Salve, perdón del que tuerce el sendero. Salve, atavío que cubre al desnudo; Salve, del hombre supremo deseo. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 14. Cristo encarnado es camino para la subida del hombre Lector 2: Ante el Parto admirable, alejados del mundo, hacia el cielo elevamos la mente. El Altísimo vino a la tierra con la humilde semblanza de un pobre y enaltece hasta cumbres de gloria, a quien canta: Todos: ¡ALELUYA! ¡ALELUYA! Estrofa 15. María es verdadera Madre de Dios Lector 1: Habitaba en la tierra y llenaba los cielos la Palabra de Dios infinita. Su bajada amorosa hasta el hombre no cambió su morada suprema. Era el parto divino de Virgen que este canto escuchaba: Solo 1: Salve, mansión que contiene el Inmenso; Salve, dintel del augusto Misterio. Salve, de incrédulo equívoco anuncio; Salve, del fiel Inequívoco orgullo. Solo 2: Salve, carroza del Santo que portan querubes; Salve, sitial del que adoran sin fin serafines. Salve, tú sólo has unido dos cosas opuestas; Salve, tú sola a la vez eres Virgen y Madre. Coro: Salve, por ti fue borrada la culpa; Salve, por ti Dios abrió el Paraíso. Salve, tú llave del Reino de Cristo; Salve, esperanza de bienes eternos. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 16. La Encarnación es el encanto de los Ángeles Lector 2: Todo el orden angélico asombrado contempla el misterio de Dios que se encarna. Al Señor, al que nadie se acerca, hecho hombre, accesible, admira caminar por humanos senderos, escuchando: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 17. El parto virginal es un misterio Lector 1: Oradores brillantes como peces se callan ante ti. Santa Madre del Verbo. Cómo ha sido posible, no entienden, ser tú Virgen después de ser Madre. El prodigio admiramos tus fieles, y con fe proclamamos: Solo 1: Salve, sagrario de arcana Sapiencia; Salve, despensa de la Providencia. Salve, por ti se confunden los sabios; Salve, por ti el orador enmudece. Solo 2: Salve, por ti se aturden sutiles doctores; Salve, por ti desfallecen autores de mitos. Salve, disuelves enredos de agudos sofistas; Salve, rellenas las redes de los Pescadores. Coro: Salve, levantas de honda ignorancia; Salve, nos llenas de ciencia suprema. Salve, novio del que ama salvarse; Salve, oh puerto en el mar de la vida. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 18. El Verbo se encarna para salvarnos Lector 2: Por salvar todo el orbe el Dios Alfarero hasta el mundo bajó, porque quiso. Por ser Dios era él Pastor nuestro; se mostró por nosotros Cordero; como igual sus iguales atrae; cual Dios oye: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 19. La siempre Virgen es modelo perfecto de vida cristiana en el seguimiento de Cristo Lector 1: Virgen, Madre de Cristo, Baluarte de vírgenes y de todo el que en ti se refugia el Divino Hacedor te dispuso al tomar de ti carne en tu seno. Y enseña a que todos cantemos en tu honor, oh Inviolada: Solo 1: Salve, columna de sacra pureza; Salve, umbral de la vida perfecta. Salve, tú inicias la nueva progenie; Salve, dispensas bondades divinas. Solo 2: Salve, de nuevo engendraste al nacido en deshonra; Salve, talento infundiste al hombre insensato. Salve, anulaste a Satán seductor de las almas; Salve, nos diste al Señor sembrador de los castos. Coro: Salve, regazo de nupcias divinas; Salve, unión de los fieles con Cristo. Salve, de vírgenes Madre y Maestra; Salve, al Esposo conduces las almas. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 20. El Verbo nos colma de dones Lector 2: Impotente es el canto que alabar presumiera de tu gracia el caudal infinito. Como inmensa es la arena en la playa pueden ser nuestros himnos, Rey Santo, más no iguala los dones que has dado a quien canta: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 21. María es Madre de la Iglesia que nace Lector 1: Como antorcha luciente del que yace en tinieblas, resplandece la Virgen María. Ha encendido la Luz Increada; su fulgor ilumina las mentes y conduce a la ciencia celeste suscitando este canto: Solo 1: Salve, oh rayo del Sol verdadero; Salve, destello de Luz sin ocaso. Salve, fulgor que iluminas las mentes; Salve, cual trueno enemigos aterras. Solo 2: Salve, surgieron de ti luminosos misterios; Salve, brotaron en ti caudalosos arroyos. Salve, figura eres tú de salubre piscina; Salve, tú limpias las manchas de nuestros pecados. Coro: Salve, oh fuente que lavas las almas; Salve, oh copa que vierte alegría: Salve, fragancia de ungüento de Cristo; Salve, oh Vida del Sacro Banquete. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 22. El Verbo borra la antigua condena Lector 2: Por querer perdonarnos el pecado primero, el que paga las deudas de todos, de sus prófugos busca el asilo, libremente del cielo exiliado. Mas, rasgando el quirófrago antiguo, oye un canto: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 23. María camina con la Iglesia peregrina Lector 1: Celebrando tu parto, a una voz te alabamos como templo viviente, Señora. Ha querido encerrarse en tu seno el que todo contiene en su mano, el que santa y gloriosa te ha hecho, el que enseña a cantarte: Solo 1: Salve, oh tienda del Verbo divino; Salve, más grande que el gran Santuario. Salve, oh Arca que Espíritu dora; Salve, tesoro inexhausto de Vida. Solo 2: Salve, diadema preciosa de reyes devotos; Salve, orgullo glorioso de sacros ministros. Salve, firmísimo alcázar de toda la Iglesia; Salve, muralla invencible de todo el Imperio. Coro: Salve, por ti enarbolamos trofeos; Salve, por ti sucumbió el adversario. Salve, remedio eficaz de mi carne; Salve, inmortal salvación de mi alma. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 24. Súplica final Lector 2: Digna de toda loa, Madre Santa del Verbo, el más Santo entre todos los Santos; nuestra ofrenda recibe en el canto; salva al mundo de todo peligro; del castigo inminente libera a quien canta: Todos: ¡ALELUYA! ¡ALELUYA!
Parte Narrativa Episodios del Evangelio Estrofa 1. El saludo del Ángel a María Lector 1: Un ángel excelso fue enviado del cielo a decir "Dios te salve" a María. Contemplándote, oh Dios, hecho hombre por virtud del angélico anuncio, extasiado quedó ante la Virgen, y así le cantaba: Solo 1: Salve, por ti resplandece la dicha; Salve, por ti se eclipsa la pena. Salve, levantas a Adán, el caído; Salve, rescatas el llanto de Eva. Solo 2: Salve, oh cima encumbrada a la mente del hombre; Salve, abismo insondable a los ojos del ángel. Salve, tú eres de veras el trono del Rey; Salve, tú llevas en ti al que todo sostiene. Coro: Salve, lucero que el Sol nos anuncia; Salve, regazo del Dios que se encarna. Salve, por ti la creación se renueva; Salve, por ti el Creador nace niño. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 2. María pondera el anuncio del ángel Lector 2: Conociendo la Santa que era a Dios consagrada, al arcángel Gabriel le decía; "Tu mensaje es arcano a mi oído y difícil resulta a mi alma; insinúas de Virgen el parto, exclamando: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 3. La Virgen pregunta "cómo" se convertirá en Madre Lector 1: Deseaba la Virgen comprender el misterio y al heraldo divino pregunta: "¿podrá dar a luz criatura uno Virgen?, responde te ruego". Reverente Gabriel contestaba, y así le cantaba: Solo 1: Salve, tú guía al eterno consejo; Salve, tú prenda de arcano misterio. Salve, milagro primero de Cristo; Salve, compendio de todos sus dogmas. Solo 2: Salve, celeste escalera que Dios ha bajado; Salve, oh puente que llevas los hombres al cielo. Salve, de angélicos coros solemne portento; Salve, de turba infernal lastimero flagelo. Coro: Salve, inefable, la luz alumbraste; Salve, a ninguno dijiste el secreto. Salve, del docto rebasas la ciencia; Salve, del fiel iluminas la mente. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE. ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 4. El Espíritu Santo hace Madre a la Virgen Lector 2: La virtud de lo Alto la cubrió con su sombra e hizo Madre a la Esposa Inviolada. Aquel seno por Dios fecundado germinó como fértil arado para todo el que busca la gracia y aclama: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 5. El encuentro con Isabel Lector 1: Con el Niño en su seno, presurosa María, a su prima Isabel visitaba. El pequeño en el seno materno exultó al oír el saludo, y con saltos, cual cantos de gozo, a la Madre aclamaba: Solo 1: Salve, oh tallo del verde Retoño; Salve, oh rama del Fruto incorrupto. Salve, al pío Arador tú cultivas; Salve, tú plantas quien planta la vida. Solo 2: Salve, oh campo fecundo de gracias copiosas; Salve, oh mesa repleta de dones divinos. Salve, un Prado germinas de toda delicia; Salve, al alma preparas Asilo seguro. Coro: Salve, incienso de grata plegaria; Salve, ofrenda que el mundo concilio. Salve, clemencia de Dios para el hombre; Salve, del hombre con Dios confianza. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 6. La duda de José Lector 2: Con la mente en tumulto, inundado de dudas, el prudente José se debate. Te conoce cual Virgen intacta; desposorios secretos sospecha. Al saber que es acción del Espíritu, exclama: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 7. La adoración do los pastores Lector 1: Los pastores oyeron los angélicos coros que al Señor hecho hombre cantaban. Para ver al Pastor van corriendo; un Cordero Inocente contempla que del pecho materno se nutre, y a la Virgen le cantan; Solo 1: Salve, Nutriz del Pastor y Cordero; Salve, aprisco de fieles rebaños. Salve, barrera a las fieras hostiles; Salve, ingreso que da al Paraíso. Solo 2: Salve, por ti con la tierra exultan los cielos; Salve, por ti con los cielos se alegra la tierra. Salve, de Apóstoles boca que nunca enmudece; Salve, de Mártires fuerza que nadie somete. Coro: Salve, de fe inconcuso cimiento; Salve, fulgente estandarte de gracia. Salve, por ti es despojado el averno; Salve, por ti revestimos la gloria. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 8. La llegada de los Magos Lector 2: Observando la estrella que hacia Dios los guiaba, sus fulgores siguieron los Magos. Era antorcha segura en su ruta; los condujo ante el Rey Poderoso. Al llegar hasta el Inalcanzable, le cantan; Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 9. La adoración de los Magos Lector 1: Contemplaron los Magos entre brazos maternos al que al hombre plasmó con sus manos. Comprendieron que era Él su Señor, a pesar de su forma de esclavo: presurosos le ofrecen sus dones, y a la Madre proclaman: Solo 1: Salve, oh Madre del Sol sin ocaso; Salve, aurora del místico Día. Salve, tú apagas hogueras de errores; Salve, Dios Trino al creyente revelas. Solo 2: Salve, derribas del trono al tirano enemigo; Salve, nos muestras a Cristo el Señor y el Amigo. Salve, nos has liberado de bárbaros ritos; Salve, nos has redimido de acciones de barro. Coro: Salve, destruyes el culto del fuego; Salve, extingues las llamas del vicio. Salve, camino a la santa templanza; Salve, alegría de todas las gentes. Estrofa 10. El regreso de los Magos Lector 2: Portadores y heraldos de Dios eran los Magos, de regreso, allá en Babilonia. Se cumplía el oráculo antiguo cuando a todos hablaban de Cristo, sin pensar en el necio Herodes que no canta: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA! Estrofa 11. La huida a Egipto Lector 1: El Egipto iluminas con la luz verdadera persiguiendo el error tenebroso. A tu paso caían los dioses, no pudiendo, Señor, soportarte; y los hombres, salvados de engaño, a la Virgen aclaman: Solo 1: Salve, levantas al género humano; Salve, humillas a todo el infierno. Salve, conculcas engaños y errores; Salve, impugnas del ídolo el fraude. Solo 2: Salve, oh mar que sumerge el cruel enemigo; Salve, oh roca do beben sedientos de Vida. Salve, columna de fuego que guía en tinieblas; Salve, amplísima nube que cubres el mundo. Coro: Salve, nos diste el Maná verdadero; Salve, nos sirves Manjar de delicias. Salve, oh Tierra por Dios prometida; Salve, en ti fluyen la miel y la leche. Todos: SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! SALVE, ¡VIRGEN Y ESPOSA! Estrofa 12. El encuentro con Simeón Lector 2: Simeón el anciano, al final de sus días, de este mundo dejaba la sombra. Presentado le fuiste cual niño, más, al verte cual Dios poderoso, admiró el arcano designio y gritaba: Todos: ¡ALELUYA!, ¡ALELUYA!
Himno Apocalipsis (4, 11; 5, 9-10. 12) Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado. Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y por tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra. Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.
Himno de las Crónicas (1 Cro 29, 10-13) Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel, por los siglos de los siglos. Tuyos son , Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es cuánto hay en cielo y tierra, tú eres rey y soberano de todo. De ti viene la riqueza y la gloria, tú eres señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, tú engrandeces y confortas a todos. Por eso, Dios nuestro, nosotros te damos gracias, alabando tu nombre glorioso.
Te está cantando el martillo y rueda en tu honor la rueda. Puede que la luz no pueda librar del humo su brillo. ¡Qué sudoroso y sencillo te pones a mediodía, Dios de esta dura porfía de estar sin pausa creando, y verte necesitando del hombre más cada día! Quien diga que Dios ha muerto que salga a la luz y vea si el mundo es o no tarea de un Dios que sigue despierto. Ya no es su sitio el desierto ni en la montaña se esconde; decid, si preguntan dónde que Dios está -sin mortaja- en donde un hombre trabaja y un corazón le responde. Amén.
Himno pascual (Flp 2, 6-11) Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. Amén.
María, Madre de gracia y Madre de Misericordia; En la vida y en la muerte, ampáranos, Gran Señora.
La pena que la tierra soportaba, a causa del pecado, se ha trocado en canto que brota jubiloso en labios de María pronunciado. El sí de las promesas ha llegado, la alianza se cumple, poderosa, el Verbo eterno de los cielos con nuestra débil carne se desposa. Misterio que sólo la fe alcanza, María es nuevo templo de la gloria, rocío matinal, nube que pasa, luz nueva en presencia misteriosa. A Dios sea la gloria eternamente, al Hijo suyo amado Jesucristo, que quiso nacer para nosotros y darnos su Espíritu divino. Amén.

Lectura de los textos Sagrados.

Empieza con el Evangelio de San Lucas. 

En él podrás conocer los rasgos más atrayentes de Jesús de Nazaret, nacido de María.

Continúa con el libro de los Hechos de los Apóstoles

Allí podrás ver la hermosa actividad de la Iglesia naciente.

Después vuelve a los Evangelios, en el siguiente orden.

Evangelio según San Marcos, luego el Evangelio según San Mateo y finalmente el Evangelio según San Juan.

Lectura Espiritual de algún texto Sagrado.

Tan necesaria, quizás, como la oración es la lectura de los libros santos para la vida espiritual. Escribe San Bernardo: «La lectura espiritual nos prepara para la oración y para la práctica de las virtudes» y luego añade, a modo de conclusión «la lectura y la oración son las armas con que se vence al demonio y se conquista el cielo». 

-Señor, ten piedad de nosotros -Cristo, ten piedad de nosotros -Señor, ten piedad de nosotros -Cristo, óyenos -Cristo, escúchanos Se repite -Dios, Padre celestial, -Dios, Hijo Redentor del mundo, -Dios, Espíritu Santo, -Trinidad Santa, Un solo Dios, -Dios, en quien vivimos, nos movemos y somos, -Tú, que creaste el cielo, la tierra y el mar, -Tú, que creaste las cosas según su medida, número y peso, -Tú, que equilibraste los cielos con tu mano y señalaste sus límites al mar, -Tú, que lo diriges todo según el designio de tu voluntad, -Tú, Dios omnipotente y sapientísimo, -Tú, que abres tu mano y colmas de bendiciones a todos los vivientes, -Tú, que haces salir el sol sobre los justos y pecadores, -Tú, que alimentas las aves del cielo y vistes los lirios del campo, -Tú, Dios lleno de bondad y de misericordia, -Tú, que diriges todo al bien de los que te aman, -Tú, que envías la tribulación para probarnos y perfeccionarnos, -Tú, que sanas a los heridos y levantas a los abatidos del corazón, -Tú, que premias con alegría eterna la paciencia cristiana, -Padre de bondad y Dios de todo consuelo, Ten piedad de nosotros. -Senos propicio Perdónanos, Jesús. -Senos propicio Escúchanos, Jesús. -De todo mal, -De todo pecado, -De tu ira, -De la peste, el hambre y la guerra, -Del rayo y de la tempestad, -Del granizo, de la lluvia y de la sequía destructores, -De la pérdida de las cosechas y de la carestía, -De toda desconfianza en tu divina Providencia, -De la murmuración y quejas contra tus santas disposiciones, -Del desánimo y la impaciencia, -De la excesiva preocupación de las cosas temporales, -Del abuso de tus gracias y beneficios, -De la insensibilidad para con el prójimo, -En el día del juicio, Líbranos, Jesús. -Nosotros, pecadores, -Que siempre confiemos en tu divina Providencia, -Que no seamos arrogantes en la buena fortuna, ni desalentados en la calamidad, -Que nos sometamos filialmente a todas tus disposiciones, -Que alabemos tu Nombre cuando quieras darnos algo o cuando quieras quitárnoslo, -Que nos des lo necesario para la conservación de nuestra vida, -Que te dignes bendecir nuestros esfuerzos y trabajos, -Que te dignes darnos fortaleza y paciencia en todas las adversidades, -Que te dignes conducirnos por la tribulación a la enmienda, -Que te dignes concedernos la alegría eterna por los padecimientos temporales, Te rogamos, óyenos -Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Perdónanos, Jesús. -Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Óyenos, Jesús. -Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Ten misericordia de nosotros Jesús. Oración. Omnipotente y sempiterno Dios que nos has concedido a tus siervos el don de conocer la gloria de la eterna Trinidad en la confesión de la verdadera fe, y la de adorar la unidad en el poder de tu majestad; te rogamos que por la firmeza de esta misma fe, nos libres siempre de todas las adversidades. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.
Madre del Redentor, virgen fecunda, puerta del cielo siempre abierta, estrella del mar, ven a librar al pueblo que tropieza y se quiere levantar. Ante la admiración de cielo y tierra, engendraste a tu santo Creador, y permaneces siempre virgen. Recibe el saludo del ángel Gabriel, y ten piedad de nosotros, pecadores. Amén.
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia -como lo había prometidos a nuestros padres- en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, y, aunque no hubiera infierno, te temiera. No tienes que me dar porque te quiera; pues, aunque cuanto espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera. Amén.
No me pesa, Señor, haber faltado 
por el eterno mal que he merecido, 
ni me pesa tampoco haber perdido 
el cielo como pena a mi pecado. 

Pésame haber tus voces despreciado 
y tus justos mandatos infringido, 
porque con mis errores he ofendido 
tu corazón, Señor, por mí llagado. 

Llorar quiero mis culpas humillado, 
y buscar a mis males dulce olvido 
en la herida de amor de tu costado. 

Quiero tu amor pagar, agradecido, 
amándote cual siempre me has amado 
y viviendo contigo arrepentido. 
Amén.
Oh, Señora mía, oh, madre mía yo me ofrezco todo a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser y ya que soy todo tuyo, oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como posesión tuya. Amén.
Al comenzar el nuevo día, te pido que me ayudes, que me libres de todo mal, de todo peligro y de todo pecado; que sean buenas mis palabras, mis miradas, mis sentimientos, mis acciones y el fondo de mi corazón. Te ofrezco Señor, todos mis pensamientos, obras y trabajos de este día. Bendícelos a fin de que no haya ninguno que no sea hecho por tu amor. Amén.
Señor Jesús, me consagro a ti y por ti al Padre, mediante el Espíritu Santo, con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegría de hoy, en reparación por nuestros pecados, y para que venga a nosotros tu Reino. Te pido en especial por el Papa, y las intenciones que ha confiado a nuestra oración. Amén.
Señor, en el silencio de este día que nace, vengo a pedirte paz, sabiduría y fuerza. Hoy quiero mirar al mundo con ojos llenos de amor, ser paciente, comprensivo, humilde, suave y bueno. Ver detrás de las apariencias de tus hijos, como los ves Tú mismo, para así poder apreciar la bondad de cada uno. Cierra mis oídos a toda murmuración, guarda mi lengua de toda maledicencia, que sólo los pensamientos que bendigan permanezcan en mí. Quiero ser tan bien intencionado y justo que todos los que se acerquen a mí, sientan tu presencia. Señor , haz que hoy te refleje. Amén

Señor, en el silencio de este día que comienza, vengo a pedirte la paz, la prudencia, la fuerza. Hoy quiero mirar al mundo con ojos llenos de amor, ser paciente, comprensivo, dulce y prudente. Ver por encima de las apariencias a tus hijos como Tu mismo los ves y así no ver más que el bien en cada uno de ellos. Cierra mis ojos a toda calumnia, guarda mi lengua en toda maldad, que sólo los pensamientos caritativos permanezcan en mi espíritu, que sea benévolo y alegre, que todos los que se acerquen a mí sientan tu presencia. Revísteme de Ti, Señor, y que a lo largo de este día yo te irradie.

Dios, Padre común, el día ha concluido.

Imploramos a ti, y a tu Hijo Jesucristo, que con el Espíritu, nuestro huésped de honor, vigilen nuestro sueño y bendigas nuestro descanso.

Amén.

Aquí me llego, todopoderoso y eterno Dios, al sacramento de vuestro unigénito Hijo mi Señor Jesucristo, como enfermo al médico de la vida, como manchado a la fuente de misericordias, como ciego a la luz de la claridad eterna, como pobre y desvalido al Señor de los cielos y tierra. Ruego, pues, a vuestra infinita bondad y misericordia, tengáis por bien sanar mi enfermedad, limpiar mi suciedad, alumbrar mi ceguedad, enriquecer mi pobreza y vestir mi desnudez, para que así pueda yo recibir el Pan de los Angeles, al Rey de los Reyes, al Señor de los señores, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tal fe y tal pureza, y con tal propósito e intención, cual conviene para la salud de mi alma. Dame, Señor, que reciba yo, no sólo el sacramento del Sacratísimo Cuerpo y Sangre, sino también la virtud y gracia del sacramento !Oh benignísimo Dios!, concededme que albergue yo en mi corazón de tal modo el Cuerpo de vuestro unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo, Cuerpo adorable que tomó de la Virgen María, que merezca incorporarme a su Cuerpo místico, y contarme como a uno de sus miembros. !Oh piadosísimo Padre!, otorgadme que este unigénito Hijo vuestro, al cual deseo ahora recibir encubierto y debajo del velo en esta vida, merezca yo verle para siempre, descubierto y sin velo, en la otra. El cual con Vos vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con firmeza. Espero en ti, pero ayúdame a esperar sin desconfianza. Te amo Señor, pero ayúdame a no mostrarte que te quiero. Estoy arrepentido, pero ayúdame a no volver a pecar. Te adoro Señor, por que eres mi creador y te anhelo porque eres mi fin. Te alabo por que no te cansas de hacerme el bien, y me refugio en Ti porque eres mi protector. Que Tu sabiduría Señor, me dirija, y Tu justicia me reprima. Que Tu misericordia me consuele y Tu poder me defienda. Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en ti. Te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de ti. Te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad. Te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por Ti. Todo aquello que quieras Tú, Señor, lo que quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, como Tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras. Te pido Señor que ilumines mi entendimiento, que fortalezcas mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi espíritu. Hazme, Señor, llorar mis pecados, rechazar las tentaciones, vencer mis inclinaciones al mal y cultivar las virtudes. Dame Tu gracia, Señor, para amarte y olvidarme de mí, para buscar el bien de mi prójimo sin tenerle miedo al mundo. Dame la gracia para ser obediente con mis superiores, comprensivo con mis inferiores, solícito con mis amigos y generoso con mis enemigos. Ayúdame, Señor, a superar con austeridad al placer, con generosidad la avaricia, con amabilidad la ira y con fervor la tibieza. Que sepa yo tener prudencia, Señor, al aconsejar; valor en los peligros, paciencia en las dificultades, sencillez en los éxitos. Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos. Ayúdame a conservar la pureza del alma, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mi trato con el prójimo y verdaderamente cristiano en mi conducta. Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí Tu vida de gracia, para cumplir Tus mandamientos y obtener mi salvación. Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad de la futura. Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y obtener tu gloria. Por Cristo Nuestro Señor.Amén.
Señor Jesús, Tu eres nuestra Paz. Mira nuestra Patria dañada por la violencia y dispersa por el miedo y la inseguridad. Consuela el dolor de quienes sufren. Da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernen. Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte. Dales el don de la conversión. Protege a las familias, a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, a nuestros pueblos y comunidades. Que como discípulos misioneros tuyos, ciudadanos responsables, sepamos ser promotores de justicia y de paz para que en Ti, nuestro pueblo tenga vida digna. Amén. María Reina de la Paz, ruega por nosotros.
Ven, oh Espíritu Santo, y da a los sacerdotes, dispensadores de los misterios de Dios, un corazón nuevo que actualice toda su educación y toda su preparación, que les haga conscientes cual sorprendente revelación del sacramento recibido, y que responda siempre con nueva ilusión a los incesantes deberes de su ministerio, en orden a tu Cuerpo Eucarístico y a tu Cuerpo Místico. Dales un corazón nuevo, siempre joven y alegre. Ven, oh Espíritu Santo, y da a nuestros sacerdotes, discípulos y apóstoles de Cristo Señor, un corazón puro, capaz de amarle solamente a Él con la plenitud, el gozo, y la profundidad que solo Él sabe dar, cuando constituye el exclusivo y total objeto del amor de un hombre que vive de tu gracia; dales un corazón puro que sólo conozca el mal para denunciarlo, combatirlo y huir de él; un corazón puro como el de un niño, pronto al entusiasmo y a la emoción. Ven, oh Espíritu Santo, y da a los ministros del pueblo de Dios un corazón grande, abierto a tu silenciosa y potente Palabra inspiradora; cerrado a toda ambición mezquina, a toda miserable apetencia humana; impregnado totalmente del sentido de la Santa Iglesia; un corazón grande, deseoso únicamente de igualarse al del Señor Jesús, y capaz de contener dentro de si las proporciones de la Iglesia, las dimensiones del mundo; grande y fuerte para amar a todos, para servir a todos, para sufrir por todos; grande y fuerte para superar cualquier tentación, dificultad, hastío, cansancio, desilusión, ofensa; un corazón grande, fuerte, constante, si es necesario hasta el sacrificio, feliz solamente de palpitar con el Corazón de Cristo y de cumplir con humildad, fidelidad y valentía la voluntad divina. Amén.
Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de tu dulcísimo Corazón nos has dado nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que tu gracia inspira en nuestras almas; te suplicamos: ven y ayúdalos con tu asistencia misericordiosa. Sé en ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que tu palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de tu vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas. Concédeles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen tu mayor gloria. Concédeles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en tus manos la tarea bien cumplida, dales, Jesús, Tú que fuiste su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén.
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Padre, me pongo en tus manos. haz de mi lo que quieras. sea lo que sea, por ello te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te encomiendo mi alma. Te la doy, Dios mío, con todo el amor del que soy capaz. Porque te amo y necesito darme ponerme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre.
Pastor que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño: tú, que hiciste cayado de ese leño en que tiendes los brazos poderosos, vuelve los ojos a mi fe piadosos, pues te confieso por mi amor y dueño y la palabra de seguir te empeño tus dulces silbos y tus pies hermosos. Oye, Pastor, pues por amores mueres, no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigo de rendidos eres. Espera, pues, y escucha mis cuidados. Pero, ¿cómo te digo que esperes, si estás, para esperar, los pies clavados? Amén.
Pésame Dios mío y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí. Pero mucho más me pesa, porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú. Antes querría haber muerto que haberte ofendido; propongo firmemente no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
Plan divino (Ef 1, 3-10) Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, las del cielo y las de la tierra.
V. Reina del cielo, alégrate R. Aleluya. V. Porque Cristo, a quien llevaste en tu seno, R. Aleluya, V. Ha resucitado, según su palabra, R. Aleluya. V. Ruega al Señor por nosotros, R. Aleluya.
Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco. Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: «Señor, salva mi vida.» El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas me salvó. Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo: arrancó mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.
Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos: Firme es su misericordia con nosotros, y su fidelidad dura por siempre.
A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia. Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. Que el Señor cambie nuestra suerte como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares. Al ir, iban llorando, llevando la semilla; al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas.
¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien; tu mujer, como vid fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa: ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida: que veas a los hijos de tus hijos. ¡Paz a Israel!
Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.
Vez qué paz y qué alegría, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento. Es rocío del Hermón, que va bajando sobre el monte Sión. Porque allí manda el Señor la bendición: la vida para siempre.
Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me envuelves por doquier, me cubres con tu mano. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco. ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, tu diestra llegará hasta mí. Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra, que la luz se haga noche en torno a mí», ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día. Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has formado portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mis acciones, se escribían todas en tu libro, calculados estaban mis días antes que llegase el primero. ¡Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, qué inmenso es su conjunto! Si me pongo a contarlos, son más que arena; si los doy por terminados, aún me quedas tú. Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno.
Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia, el que tienen intenciones leales y no calumnia con su lengua, el que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor, el que no retracta lo que juró aun en daño propio, el que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará.
Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo todos los ángeles, alabadlo todos sus ejércitos. Alabadlo, sol y luna: alabadlo, estrellas lucientes. Alabado, espacios celestes, y aguas que cuelgan en el cielo. Alaben el nombre del Señor, porque él lo mandó, y existieron. Les dio consistencia perpetua y una ley que no pasará. Alabad al Señor en la tierra, cetáceos y abismos del mar. Rayos, granizo, nieve y bruma, viento huracanado que cumple sus órdenes. Montes y todas la sierras, árboles frutales y cedros. Fieras y animales domésticos, reptiles y pájaros que vuelan. Reyes y pueblos del orbe, príncipes y jefes del mundo. Los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños. Alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime. Su majestad sobre el cielo y la tierra; él acrece el vigor de su pueblo. Alabanza de todos sus fieles, de Israel, su pueblo escogido.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. Multiplican las estatuas de dioses extraños: no derramaré sus libaciones con mis manos, no tomaré sus nombres en mis labios. El Señor es mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad. Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

Antífona. Su reinado es sempiterno; y todos los reyes le servirán y le acatarán. (T. P. Aleluya).


1. ¿Por qué se han amotinado las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas?

2. Se alzan los reyes de la tierra, y los príncipes se confabulan contra el Señor y contra su Ungido.

3. «Rompamos, dijeron, sus ataduras, y sacudamos lejos de nosotros su yugo».

4. El que habita en los cielos se reirá de ellos, se burlará de ellos el Señor.

5. Entonces les hablará en su indignación, y les llenará de terror con su ira.

6. «Mas yo constituí mi rey sobre Sión, mi monte santo».

7. Predicaré su decreto. A mí me ha dicho el Señor: «Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy.

8. Pídeme, y te daré las naciones en herencia, y extenderé tus dominios hasta los confines de la tierra.

9. Los regirás con vara de hierro, y como a vaso de alfarero los romperás».

10. Ahora, pues, ¡oh reyes!, entendedlo bien: dejaos instruir, los que juzgáis la tierra.

11. Servid al Señor con temor, y ensalzadle con temblor santo.

12. Abrazad la buena doctrina, no sea que al fin se enoje, y perezcáis fuera del camino, cuando, dentro de poco, se inflame su ira. Bien­aven­turados serán los que hayan puesto en él su confianza.

13. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

14. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Antífona. Su reinado es sempiterno; y todos los reyes le servirán y le acatarán. (T. P. Aleluya).

V/ . Señor, escucha mi oración.

R/. Y llegue a ti mi clamor.


Los sacerdotes añaden:

V/ . El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu


ORACIÓN

Omnipotente y sempiterno Dios, que en tu amado Hijo, Rey universal, quisiste instaurarlo todo: concédenos propicio que todos los pueblos, disgregados por la herida del pecado, se sometan a su suavísimo imperio: que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerza; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Las lágrimas son mi pan noche y día, mientras todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?» Recuerdo otros tiempos, y mi alma desfallece de tristeza: cómo marchaba a la cabeza del grupo, hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta. ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío.» Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo, desde el Jordán y el Hermón y el Monte Menor. Una sima grita a otra sima con voz de cascadas: tus torrentes y tus olas me han arrollado. De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida. Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué me olvidas? ¿Por qué voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo? Se me rompen los huesos por las burlas del adversario; todo el día me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?» ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío.»
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra y los montes se desplomen en el mar. Que hiervan y bramen sus olas, que sacudan a los montes con su furia: El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora. Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan; pero él lanza su trueno y se tambalea la tierra. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra: Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe, rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos. «Rendíos, reconoced que yo soy Dios: más alto que los pueblos, más alto que la tierra.» El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón, en el juicio brillará tu rectitud. Mira, que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti. Líbrame de la sangre, ¡oh Dios, Dios, Salvador mío!, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos.
El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. ¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra. ¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.
Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos, para reprimir al adversario y al rebelde. Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos; la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos: todo lo sometiste bajo sus pies: rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por las aguas. Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo. Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación:cuando atraviesan áridos valles, los convierten en oasis, como si la lluvia temprana los cubriera de bendiciones; caminan de altura en altura hasta ver a Dios en Sión. Señor de los ejércitos, escucha mi súplica; atiéndeme, Dios de Jacob. Fíjate, ¡oh Dios!, en nuestro Escudo, mira el rostro de tu Ungido. Un solo día en tu casa vale más que otros mil, y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados. Porque el Señor es sol y escudo, él da la gracia y la gloria, el Señor no niega sus bienes a los de conducta intachable. ¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que confía en ti!
Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo, proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad, con arpas de diez cuerdas y laúdes sobre arpegios de cítaras. Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo, las obras de tus manos. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios! El ignorante no los entiende ni el necio se da cuenta. Aunque germinen como hierba los malvados y florezcan los malhechores, serán destruidos para siempre. Tú, en cambio, Señor, eres excelso por los siglos. Porque tus enemigos, Señor, perecerán, los malhechores serán dispersados; pero a mí me das la fuerza de un búfalo y me unges con aceite nuevo. Mis ojos no temerán a mis enemigos, mis oídos escucharán su derrota. El justo crecerá como una palmera y se alzará como un cedro del Líbano: plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios;en la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad.
Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con aclamaciones. Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre: «El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María! .
Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles; salve raíz, salve puerta, que dio paso a nuestra luz. Alégrate, virgen gloriosa, de entre todas la más bella; salve, agraciada doncella, ruega a Cristo por nosotros. Amén

ORACIONES PREPARATORIAS PARA LA MISA Y COMUNIÓN

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

Oh Madre de piedad y de misericordia, Santísima Virgen María. Yo, miserable e indigno pecador, en ti confío con todo mi corazón y afecto; y acudo a tu piedad, para que, así como estuviste junto a tu dulcísimo Hijo clavado en la cruz, también estés junto a mi, miserable pecador, y junto a todos los fieles que aquí y en toda la Santa Iglesia vamos a participar de aquel divino sacrificio, para que, ayudados con tu gracia, ofrezcamos una hostia digna y aceptable en la presencia de la suma y única Trinidad. Amén. 


ORACIÓN DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Aquí me llego, todopoderoso y eterno Dios, al sacramento de vuestro unigénito Hijo mi Señor Jesucristo, como enfermo al médico de la vida, como manchado a la fuente de misericordias, como ciego a la luz de la claridad eterna, como pobre y desvalido al Señor de los cielos y tierra. 

Ruego, pues, a vuestra infinita bondad y misericordia, tengáis por bien sanar mi enfermedad, limpiar mi suciedad, alumbrar mi ceguedad, enriquecer mi pobreza y vestir mi desnudez, para que así pueda yo recibir el Pan de los Angeles, al Rey de los Reyes, al Señor de los señores, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tal fe y tal pureza, y con tal propósito e intención, cual conviene para la salud de mi alma. 

Dame, Señor, que reciba yo, no sólo el sacramento del Sacratísimo Cuerpo y Sangre, sino también la virtud y gracia del sacramento !Oh benignísimo Dios!, concededme que albergue yo en mi corazón de tal modo el Cuerpo de vuestro unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo, Cuerpo adorable que tomó de la Virgen María, que merezca incorporarme a su Cuerpo místico, y contarme como a uno de sus miembros. 

!Oh piadosísimo Padre!, otorgadme que este unigénito Hijo vuestro, al cual deseo ahora recibir encubierto y debajo del velo en esta vida, merezca yo verle para siempre, descubierto y sin velo, en la otra. El cual con Vos vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén. 


ORACIÓN DE SAN AMBROSIO

Señor mío Jesucristo, me acerco a tu altar lleno de temor por mis pecados, pero también lleno de confianza porque estoy seguro de tu misericordia. 

Tengo conciencia de que mis pecados son muchos y de que no he sabido dominar mi corazón y mi lengua. Por eso, Señor de bondad y de poder, con mis miserias y temores me acerco a Ti, fuente de misericordia y de perdón; vengo a refugiarme en Ti, que has dado la vida por salvarme, antes de que llegues como juez a pedirme cuentas. 

Señor no me da vergüenza descubrirte a Ti mis llagas. Me dan miedo mis pecados, cuyo número y magnitud sólo Tú conoces; pero confío en tu infinita misericordia. 

Señor mío Jesucristo, Rey eterno, Dios y hombre verdadero, mírame con amor, pues quisiste hacerte hombre para morir por nosotros. Escúchame, pues espero en Ti. Ten compasión de mis pecados y miserias, Tú que eres fuente inagotable de amor. 

Te adoro, Señor, porque diste tu vida en la Cruz y te ofreciste en ella como Redentor por todos los hombres y especialmente por mi. Adoro Señor, la sangre preciosa que brotó de tus heridas y ha purificado al mundo de sus pecados. 

Mira, Señor, a este pobre pecador, creado y redimido por Ti. Me arrepiento de mis pecados y propongo corregir sus consecuencias. Purifícame de todos mis maldades para que pueda recibir menos indignamente tu sagrada comunión. Que tu Cuerpo y tu Sangre me ayuden, Señor, a obtener de Ti el perdón de mis pecados y la satisfacción de mis culpas; me libren de mis malos pensamientos, renueven en mi los sentimientos santos, me impulsen a cumplir tu voluntad y me protejan en todo peligro de alma y cuerpo. Amén. 


ORACIONES PARA DESPUÉS DE LA MISA O DE ACCIÓN DE GRACIAS

ALMA DE CRISTO

Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén 


A JESÚS CRUCIFICADO

[Cristo de Velazquez,]Mírame, ¡oh mi amado y buen Jesús!, postrado en tu presencia: te ruego, con el mayor fervor, imprimas en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados y firmísimo propósito de jamás ofenderte; mientras que yo, con el mayor afecto y compasión de que soy capaz, voy considerando y contemplando tus cinco llagas, teniendo presente lo que de Ti, oh buen Jesús, dijo el profeta David: "Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos." (Salmo 21, 17-18) 


A JESUCRISTO

Dulcísimo Señor Jesucristo, te ruego que tu Pasión sea virtud que me fortalezca, proteja y defienda; que tus llagas sean comida y bebida que me alimente, calme mi sed y me conforte; que la aspersión de tu sangre lave todos mis delitos; que tu muerte me dé la vida eterna y tu cruz sea mi gloria sempiterna. Que en esto encuentre el alimento, la alegría, la salud y la dulzura de mi corazón. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. 


A LA SANTÍSIMA VIRGEN

Oh María, Virgen y Madre Santísima, he recibido a tu Hijo amadísimo, que concebiste en tus inmaculadas entrañas, criándolo y alimentándolo con tu pecho, y lo abrazaste amorosamente en tus brazos. Al mismo que te alegraba contemplar y te llenaba de gozo, con amor y humildad te lo presento y te lo ofrezco, para que lo abraces, lo ames con tu corazón y lo ofrezcas a la Santísima Trinidad en culto supremo de adoración, por tu honor y por tu gloria, y por mis necesidades y por las de todo el mundo. Te ruego, piadosísima Madre, que me alcances el perdón de mis pecados y gracia abundante para servirte, desde ahora, con mayor fidelidad; y por último, la gracia de la perseverancia final, para que pueda alabarle contigo por los siglos de los siglos. Amén. 


A SAN JOSÉ

Custodio y padre de vírgenes, San José, a cuya fiel custodia fueron encomendadas la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las vírgenes, María. Por estas dos querídísimas prendas, Jesús y María, te ruego y te suplico me alcances que, preservado de toda impureza, sirva siempre con alma limpia, corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María. Amén. 

Señor, tú me llamaste para ser instrumento de tu gracia, para anunciar la Buena Nueva, para sanar las almas. Instrumento de paz y de justicia, pregonero de todas tus palabras, agua para calmar la sed hiriente, mano que bendice y que ama. Señor, tú me llamaste para curar los corazones heridos, para gritar, en medio de las plazas, que el Amor está vivo, para sacar del sueño a los que duermen y liberar al cautivo. Soy cera blanda entre tus dedos, haz lo que quieras conmigo. Señor, tú me llamaste para salvar al mundo ya cansado, para amar a los hombre que tú, Padre, me diste como hermanos. Señor, me quieres para abolir las guerras y aliviar la miseria y el pecado; hacer temblar las piedras y ahuyentar los lobos del rebaño. Amén.

Ant. Gloria a Ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre (T. P. Aleluya).


1. Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica:

2. Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente.

3. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad.

4. Sin confundir las personas, ni separar la substancia.

5. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo.

6. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna.

7. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo.

8. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo.

9. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo.

10. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo.

11. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno.

12. De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.

13. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo.

14. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente.

15. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.

16. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios.

17. Así el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor.

18. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor.

19. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada persona es Dios y Señor, la religión católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores.

20. El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado.

21. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado.

22. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente.

23. Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos.

24. Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí.

25. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad.

26. Por tanto, quien quiera salvarse es necesario que crea estas cosas sobre la Trinidad.

27. Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo.

28. La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre.

29. Es Dios, engendrado de la misma substancia que el Padre, antes del tiempo; y hombre, engendrado de la substancia de su Madre Santísima en el tiempo.

30. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana.

31. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad.

32. El cual, aunque es Dios y hombre, no son dos cristos, sino un solo Cristo.

33. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios.

34. Uno absolutamente, no por confusión de substancia, sino en la unidad de la persona.

35. Pues como el alma racional y el cuerpo forman un hombre; así, Cristo es uno, siendo Dios y hombre.

36. Que padeció por nuestra salvación: descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos.

37. Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

38. Y cuando venga, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuentas de sus propios hechos.

39. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno.

40. Ésta es la fe católica, y quien no la crea fiel y firmemente no se podrá salvar.


Gloria al Padre…

Ant. Gloria a Ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre (T. P. Aleluya).

V. Señor, escucha mi oración.

R. Y llegue a Ti mi clamor.


Los sacerdotes añaden:

V. El Señor esté con vosotros.

R. Y con tu espíritu.


Oremos.

Oh Dios todopoderoso y eterno, que con la luz de la verdadera fe diste a tus siervos conocer la gloria de la Trinidad eterna, y adorar la Unidad en el poder de tu majestad: haz, te suplicamos, que, por la firmeza de esa misma fe, seamos defendidos siempre de toda adversidad. 

Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos.

R. Amén.

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos, a ti nuestra alabanza, a ti, Padre del cielo, te aclama la creación. Postrados ante ti, los ángeles te adoran y cantan sin cesar: Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles, la multitud de los profetas te enaltece, y el ejército glorioso de los mártires te aclama. A ti la Iglesia santa, por todos los confines extendida, con júbilo te adora y canta tu grandeza: Padre infinitamente santo, Hijo eterno, unigénito de Dios, Santo Espíritu de amor y de consuelo. Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria, tú el Hijo y Palabra del Padre, tú el Rey de toda la creación. Tú, para salvar al hombre, tomaste la condición de esclavo en el seno de una Virgen. Tú destruiste la muerte y abriste a los creyentes las puertas de la gloria. Tú vives ahora, inmortal y glorioso, en el reino del Padre. Tú vendrás algún día, como juez universal. Muéstrate, pues, amigo y defensor de los hombres que salvaste Y recíbelos por siempre allá en tu reino, con tus santos y elegidos. Salva a tu pueblo, Señor y bendice a tu heredad. Sé su pastor, y guíalos por siempre. Día tras día te bendeciremos y alabaremos tu nombre por siempre jamás. Dígnate, Señor guardarnos de pecado en este día. Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. A ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado. Amén.
Te diré mi amor, Rey mío, en la quietud de la tarde, cuando se cierran los ojos y los corazones se abren. Te diré mi amor, Rey mío, con una mirada suave, te lo diré contemplando tu cuerpo que en pajas yace. Te diré mi amor, Rey mío, adorándote en la carne, te lo diré con mis besos, quizá con gotas de sangre. Te diré mi amor, Rey mío, con los hombres y los ángeles, con el aliento del cielo que espiran los animales. Te diré mi amor, Rey mío, con el amor de tu Madre, con los labios de tu Esposa y con la fe de tus mártires. Te diré mi amor, Rey mío, ¡oh Dios del amor más grande! ¡Bendito en la Trinidad, que has venido a nuestro valle! Amén.
Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad;
todo mi haber y mi poseer.

Vos me lo disteis,
a Vos, Señor, lo torno
Todo es Vuestro:
disponed de ello
según Vuestra Voluntad.

Dadme Vuestro Amor y Gracia, que éstas me bastan. Amén.

María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal.

1. Por el poder que te concedió el Padre Eterno

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

2. Por la sabiduría que te concedió el Hijo.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

3. Por el Amor que te concedió el Espíritu Santo

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los  siglos de los siglos. Amén!

Tú, a quien he buscado, Señor en este día, a quien he escuchado, dame el reposo de esta noche. Tú, a quien he cantado, Señor, en este día, a quien he orado, dame el reposo de esta noche. Tú, a quien yo he negado, Señor, en este día, a quien he amado, dame el reposo de esta noche. Amén.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu, y todo será creado y se renovará la faz de la Tierra. Oh Dios, que llenaste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; concédenos que, guiados por el mismo Espíritu, sintamos con rectitud y gocemos siempre de tus divinos consuelos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz, para iluminarnos. Ven ya, padre de los pobres, luz que penetra en las almas, dador de todos los dones. Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo. Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. Ven, luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran. Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina. Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas. Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas. Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza tus siete sagrados dones. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno.

¡Viva Jesús Sa­cra­mentado!

¡Viva y de todos sea amado!


Padre nuestro, Avemaría, Gloria (tres veces).


Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos  a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.


Dios te salve María llena eres de gracia el Señor es contigo;

bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. 

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén


¡Viva Jesús Sa­cra­mentado!

¡Viva y de todos sea amado!

COMUNIÓN ESPIRITUAL

Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

Vosotros sois luz del mundo y ardiente sal de la tierra, ciudad esbelta en el monte, fermento en la masa nueva. Vosotros sois los sarmientos, y yo la Vid verdadera; si el Padre poda las ramas, más fruto llevan las cepas, Vosotros sois la abundancia del reino que ya está cerca, los doce mil señalados que no caerán en la siega. Dichosos, porque sois limpios y ricos en la pobreza, y es vuestro el reino que sólo se gana con la violencia. Amén
¡Oh, Jesús, Pastor Eterno de las almas! Dígnate mirar con ojos de misericordia a esta porción de tu grey amada. Señor, gemimos en la orfandad. Danos vocaciones. Danos sacerdotes y religiosos santos. Te lo pedimos por la intercesión de Santa María de Guadalupe, tu dulce y santa Madre. ¡Oh, Jesús, danos sacerdotes y almas consagradas, según tu corazón!
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno oscuras? ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras! ¡Cuántas veces el ángel me decía: «Alma, asómate ahora a la ventana, y verás con cuánto amor llamar porfía!» Y ¡cuántas, hermosura soberana: «Mañana le abriremos», respondía, para lo mismo responder mañana! Amén.

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